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martes, 3 de diciembre de 2013

Casa de la Estación – Sagunto (Daroca - Sagunto por la Vía Verde, Parte 3 de 3)


Casa de la Estación de Mora de Rubielos (Albentosa) - Sagunto

Amanecimos temprano, aunque no tanto como los dos días anteriores. Desayunamos copiosamente y, como era de esperar, se nos alargó en demasía la salida hacia Sagunto. Es lo que tiene estar a gusto conversando… Carlos nos preparó unos bocadillos y nos aseguró que, si le daba tiempo a dejar todo preparado, nos cogería de camino a Sagunto. Así que, nos despedimos de Chucky, Teo y Ginna y comenzamos a pedalear.


Imagen extraída de Vía Verde Ojos Negros

El recorrido comenzaba en un falso llano que discurre ascendente hasta la Estación de Barracas para, a continuación, tras el Llano de Barracas (una recta llanísima), alcanzar la cota máxima en el Puerto del Ragudo (25 kilómetros aproximadamente), en las cercanías de la Casilla del Militar. Es en este punto donde comienza un frenético y divertido descenso hasta un poquito más allá de la Estación de Jérica (unos 50 kilómetros). Pero antes de llegar allá, y después de dejar atrás la Estación abandonada de Bejís-Torás, nos encontramos con el Mirador del Ragudo, sitio donde aprovechamos para reponer energías mientras, conversamos con Carlos para saber dónde estaba (descendería por otro camino y ya nos cogería), y disfrutamos de las vistas que ofrece: las Sierras Calderona (al fondo) y la de Espadán (a la izquierda), el llano de Viver y, en pequeñito, la Iglesia y Castillo de Jérica.

Mirador del Ragudo

Será en la localidad de Jérica donde paramos a comprar un poco de pan y, ya de paso, unas ensaimadas rellenas de chocolate para el postre de la comida. Fue, al comenzar un pequeño ascenso donde Marti notó las primeras molestias en su rodilla que, poco a poco, se fueron acentuando más, hasta el punto de convertirse en un molestísimo dolor. De nuevo, y ya que dejábamos de descender para llanear durante unos kilómetros, llegaba la duda de plantearnos alargar un día más nuestra travesía.


A los 60 kilómetros, llegamos a Altura, sitio elegido para comer. Nos sentamos en la plaza y, al comenzar a desenvolver los bocadillos, apareció Carlos. ¡Por fin nos alcanzaba! Desde ese momento, se nos uniría, en un principio, hasta Sagunto. Dependería de nuestra velocidad, puesto que él tenía que coger el tren de las 18:00 horas. La verdad es que no íbamos nada mal de tiempo… Un ibuprofeno y un “vendaje” casero en la rodilla de Marti para sujetar los ligamentos, a base de cinta aislante verde, nos daban la esperanza de que apaciguase el dolor y llegásemos hasta nuestro destino final.


Afortunadamente, tocaba volver a descender y la rodilla de Marti no presentaba tanto problema. Sin embargo, nuestro ritmo no era lo suficientemente rápido para asegurar la llegada de Carlos a la estación de Sagunto a la hora esperada. Así que, poco antes de Alfara de la Baronia, decidió adelantarse y esperarnos allá con unas cervecitas en la terracita del bar.

Final de la Vía Verde en Torres Torres

Llegamos al final de la Vía Verde en la Estación de Torres-Torres (kilómetro 82 aproximadamente) y, a partir de acá, el trayecto se volvió complejo de seguir. A pesar de estar señalizado (no muy bien, por cierto), no sigue para nada la antigua vía del ferrocarril y comienza un sinfín de subidas y bajadas, circunvalaciones varias, e interminables rodeos, para ir sorteando la A-23. Un total de 18 kilómetros que se hacen infernales después de llevar todo el día encima de la bici y con ganas de llegar. Por esta razón, mucha gente recomienda realizar estos kilómetros por la N-234a.

Estación de Sagunto

Alcanzamos nuestra meta justo a las 18:00 horas, el momento exacto en que veíamos como arrancaba el tren en el que Carlos regresaba a su casa rural. Tristes por no haber podido saborear el deseado refrigerio con su compañía, miramos hacia el tren y alzamos nuestras manos en señal de despedida por si la casualidad hacía que estuviera mirando por la ventana.

Entramos en la estación y compramos nuestros billetes y el plus por subir las bicicletas sin desmontar. En el tren, sólo se pueden subir tres bicicletas, así que es recomendable hacer la compra con antelación para asegurarse de no tener que desmontarlas e introducirlas en sus respectivas bolsas de viaje.
Sólo quedaba buscar alojamiento, teniendo en cuenta que la rodilla de marta seguía dando mal. La diosa de la Fortuna se puso de nuestra parte. Un hombre que estaba en la terraza nos dio una tarjeta del lugar donde se había alojado: Hostal Carlos, a tan solo 50 metros de donde nos encontrábamos. Fuimos allá y terminamos de convencernos. Las bicis quedarían a resguardo en su garaje, con lo que ya no tendríamos que preocuparnos ni por dónde iban a dormir ellas. Había sido una suerte.

Como suerte fue el tiempo que nos hizo. Al día siguiente, a la playa con chapuzón incluido. Mas, esa ya es otra historia, de deleite, disfrute, risas, diversión y relajo total…


Perfil de la etapa

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Santa Eulalia – Casa de la Estación de Mora de Rubielos (Daroca - Sagunto por la Vía Verde, Parte 2 de 3)


Santa Eulalia - Casa de la estación de Mora de Rubielos (Albentosa)

Amanecimos con las ruedas de nuevo desinfladas. Volvimos a revisar las cubiertas (aún quedaban pinchos) y cambiamos las cámaras. Era un pequeño percance que iba a retrasar nuestra hora de salida. La intención era salir pronto para poder detenernos en Teruel, hacernos ya con los billetes de tren de regreso y comprar más cámaras. Sólo nos quedaba una más sin estrenar y era un poco arriesgado en el caso de nuevos posibles pinchazos.

Dos kilómetros y medio hasta Santa Eulalia nos llevó a decidir no continuar recto hasta la estación de inicio de la Vía Verde (aproximadamente a otros dos kilómetros y medio), sino tomar la carretera Cella (TE-V-9029), hasta el punto en que queda a apenas un metro de la Vía Verde (unos 5 kilómetros desde Santa Eulalia). Allí, por fin, nos invadía la alegría de tomar la Vía Verde, aunque con la desgracia de tener, un día más, el viento en contra.

Estación de Cella

Nuestra primera parada para reponer un poquitico de fuerzas fue en la estación de Cella (15 km desde el inicio de nuestra etapa), sita a 3,5 kilómetros de la localidad. Unos minibocadillitos, barritas de cereales y fruta para tomar las energías suficientes para acercarnos hasta Teruel. Al llegar a la estación (32 km del punto de partida), desistimos de acercarnos a la ciudad. Los 6 kilómetros de ida y otros 6 de vuelta, más el tiempo comprando los billetes y las cámaras, nos llevaría cerca de dos horas, un tiempo que no nos podíamos permitir perder si queríamos avanzar lo suficiente para terminar la travesía en los tres días previstos.

Cercanías de Teruel

La parada para comer fue en Valdecebro, después de que fuese yo quien pinchara. Llevábamos ya 40 kilómetros, no había atisbo de ningún pueblo cercano y, además, ya no teníamos apenas agua. Este es uno de los puntos a tener en cuenta en esta etapa de la Vía Verde: la ausencia de fuentes en prácticamente todo su trayecto, ya que transcurre sin entrar en los pueblos. A esas horas y en un pueblo así de pequeño, no había nada abierto (ni el bar), ni sitio donde comprar pan. Así que nos tuvimos que apañar con bocadillitos ínfimos, bocabits que llevábamos encima y más barritas de cereales. Mal plan teníamos en ese momento. Eso sí, afortunadamente, un amable señor nos dejó un pozal con agua para poder reparar la cámara dañada, que era la única de recambio que nos quedaría hasta Sagunto.

Allí, decidimos buscar ya un sitio donde pernoctar. Sari hizo unas cuantas llamadas y, finalmente, tras hablar con Carlos, nos decidimos por la Casa de la Estación de Mora de Rubielos (lugar donde ya nos alojamos en Abril de este mismo año, cuando ascendimos Peñarroya), todavía a 40 kilómetros de donde estábamos y con un ascenso de 11 kilómetros todavía hasta la Estación del puerto de Escandón. La verdad es que no las teníamos todas con nosotros. Sin apenas haber comido, la hora que era y la amenaza de lluvia, eran condicionantes que no animaban mucho. Pero, teníamos tan cerca el poder llegar a Sagunto al día siguiente… Carlos, que estaba en Teruel en ese momento, se nos uniría en algún punto de la Vía Verde. De esta manera, nos acompañaría y nos abriría esa maravillosa casa de Turismo Rural donde todos y cada uno de los seres que allá habitan son encantadores.

Puerto Escandón

Continuamos el ascenso hasta Puerto Escandón sabiendo que, por fin, comenzaríamos a bajar y aceleraríamos la marcha. Aún nos quedaban 30 kilómetros, así que teníamos la esperanza de aligerar nuestro pedaleo para no llegar muy tarde a nuestro destino. Iniciamos el descenso y, en apenas media hora, ya habíamos recorrido los 10 kilómetros que nos separaban de nuestro punto de encuentro con Carlos: Habíamos quedado en la Fonda de la Estación de Puebla de Valverde. ¡Bien! La cosa prometía.

Desde ese momento, Carlos estableció el ritmo, lo que, sin duda, nos dio alas. En una hora y cinco minutos, recorrimos los 20 kilómetros restantes. Habíamos conseguido llegar antes de las 18:30 y apenas había llovido. Estábamos contentos, no sólo de haberlo conseguido, sino de poder alojarnos en tan extraordinario enclave. Enseguida, Chuky, Teo y Ginna (a la que no conocíamos), nos recibieron juguetones y Carlos nos ofreció unas deliciosas uvas que colgaban de la parra.

La Casa de la Estación

El deseado descanso, la duchita y a cenar. Doble ración de sopa de cocido y, de segundo, un plato que, sólo de pensarlo, ya entra solo: huevos trufados sobre una base de patata, morcilla y jamón. Seguidamente, y antes de ir a dormitar, la interesante conversación de la sobremesa que, como era de esperar, se alargó más de la cuenta. Ya, marchamos a las camitas, sabedores de que alojarnos allá había sido la mejor elección. La amabilidad de Carlos y Merche (que en esta ocasión no estaba), lo acogedor y lo familiar del lugar, la vitalidad de los perros (que no paran de juguetear), las deliciosas cenas, la tranquilidad del entorno... hacen de La Casa de la Estación un alojamiento difícil de olvidar.


Perfil de la etapa

martes, 26 de noviembre de 2013

Daroca – Santa Eulalia (Daroca - Sagunto por la Vía Verde, Parte 1 de 3)


Daroca – Santa Eulalia

Murallas de Daroca

Partíamos de Daroca, Marti, Sara y servidor, justo en la intersección entre la Avenida Madrid y la Calle Luchente, dirección Val de Sanmartín. Pasado el río Jiloca y a unos 725 metros de nuestro punto de partida, giramos hacia la izquierda para tomar el camino que se dirige a Los Anchos (en Google Maps –GM a partir de ahora- Calle Alta), y que nos llevará hacia Villanueva de Jiloca y (a través de GM Camino letra B), San Martín del Río. Desde este punto, tomando el camino que discurre prácticamente paralelo a la N-234, a unos 11 kilómetros de Daroca, nos introducíamos en Báguena, en cuyo casco urbano destaca la torre mudéjar adosada a la iglesia parroquial de La Asunción de Nuestra Señora.

Puente Romano (Calamocha)

Aproximadamente a los 28 km, habiendo dejado atrás Burbáguena y Luco de Jiloca, llegamos a las cercanías de Calamocha (no entramos a la localidad para no desviarnos del camino), en concreto al punto donde el río Jiloca es atravesado por el denominado Puente Romano. Un buen sitio para parar, tomar un pequeño refrigerio (unas barritas de cereales), y rellenar los botes con el agua de la fuente allá ubicada. Tan sólo estamos a cinco kilómetros de El Poyo del Cid, pueblo elegido para nuestro primer pequeño descanso. Un bonito y tranquilo lugar para un rico almuerzo bajo el calorcito del Sol.

 Almorzando en El Poyo del Cid

Tomando la Avenida del río y la calle el Poyo, seguimos nuestro itinerario hacia Monreal del Campo, punto mínimo al que llegar en caso de alargar nuestra aventura a los cuatro días, ubicado a 42 kilómetros de Daroca. De camino, atravesamos Fuentes Claras, Caminreal y Torrijo del Campo, donde destaca la iglesia parroquial de San Pedro (con su esbelta torre de estilo barroco, aunque con elementos de tradición mudéjar en su parte alta) y la curiosa ermita de Santa Bárbara, que ha quedado en medio de la Calle El Calvario como si de un pequeño islote se tratara.

Compramos el pan y, seguidamente debatimos qué hacer. Hubo cuórum: Seguiríamos hasta Villafranca del Campo, donde pararíamos a comer. Allá, paramos en la plaza sita junto a la Iglesia de San Juan Bautista, la cual se ofreció a enseñarnos una amable señora; pero, debido a que estábamos en plena elaboración y posterior degustación de nuestros bocadillos, no nos dio tiempo a adentrarnos en su interior. Habíamos recorrido ya cerca de 60 kilómetros y las fuerzas empezaban a flaquear. No obstante, si queríamos intentar realizar la travesía en tres días, teníamos que llegar hasta Santa Eulalia. Estábamos cerca de nuestro objetivo, así que, después de comer y de descansar un poco las piernas, llamamos al hostal Suvesa para saber si teníamos alguna habitación disponible. La respuesta fue afirmativa, así que volvimos a pedalear con la intención de terminar la etapa lo antes posible.


Tomamos la TE-V-9024 dirección Peracense y, en el cruce, la TE-V-9026 en dirección Alba y Santa Eulalia que, en su inicio, transita paralela a las vías del tren. Sólo eran unos quince kilómetros los que nos separaban del final de etapa. Estaba chupado. Mas, no contábamos con el intenso viento. Durante esos malditos quince kilómetros, el viento nos pegaba de frente en esas dos interminables rectas, divididas por la presencia de Alba a mitad de camino, que parecían no acabar nunca. El viento, añadido al cansancio y a esas eternas rectas, acabó por desquiciarnos un poquito. Ya sólo había ganas de llegar, de ducharse y descansar.


Al entrar al casco urbano de Santa Eulalia la alegría se notaba en nuestras caras. Sólo nos quedaba comprar (lo hicimos en el Co-aliment de la calle San Pascual) y acercarnos al Hostal, que, desgraciadamente, estaba todavía a dos kilómetros y medio de donde estábamos. Bueno, era un último empujón… Pero, no. Sara había pinchado y tuvimos que hacer este último tramo (prácticamente entero), empujando las bicis.

Ya en la habitación, sacamos los parches y arreglamos las cámaras. Pero, la mala suerte había caído de nuestro lado. Una infinidad de pinchos habían quedado atrapados en las cubiertas de las ruedas de su bicicleta y, una y otra vez, las cámaras volvían a pincharse. Pinzas en mano, revisamos una y otra vez las cubiertas. Pasaban las horas y siempre había más púas. Finalmente, ya a las diez de la noche, parecía que habíamos resuelto el problema y decidimos marchar a cenar. Era tarde, teníamos hambre y muchas ganas de caer rendidos en nuestras camas.


Perfil de la etapa

Daroca – Sagunto (Estación), por la Vía Verde


Nuestra idea inicial era la de realizar la Vía Verde que une Ojos Negros (Teruel) con Sagunto (Valencia), aquella que recorre el antiguo trazado del ferrocarril minero que unía ambas localidades y que es la más larga de las existentes en España. Por desgracia, en la actualidad, no se ha convertido el trazado, como vía verde, en su totalidad. Por un lado, está sin acondicionar todavía el tramo que une Ojos Negros con Santa Eulalia. Por otra parte, la construcción de la A-23, así como de diversas edificaciones y carreteras, principalmente en el tramo que discurre desde Torres Torres hasta Sagunto, ha alterado parte de su itinerario. Es, sin duda, este último tramo el que, a pesar de estar señalizado (aunque de manera deficiente), se hace más difícil de seguir y, además, resulta francamente pesado, puesto que se convierte en un sinfín de subidas y bajadas, y de vueltas y más vueltas…

Finalmente, después de barajar varias posibilidades, decidimos que nuestro punto de origen sería Daroca y nuestra meta la estación de Sagunto, un total de unos 255 kilómetros que íbamos a dividir en tres etapas. Saldríamos el 21 de Octubre, Lunes, con la intención de llegar a nuestro destino el Miércoles, 23 de Octubre. De esta manera, si hacía buen tiempo, nos podríamos acercar a la playa a tomar un bañito en el mar. ¡No estaban mal las expectativas!
Como no sabíamos muy bien si íbamos a cumplir el plan diseñado (posibles fallos técnicos en nuestros velocípedos, inclemencias meteorológicas, estado de nuestras fuerzas o algún otro imprevisto), decidimos partir sin saber muy bien dónde hospedarnos; si bien, sí que teníamos claras algunas posibles localidades donde poder pernoctar: Monreal del Campo, Santa Eulalia, Teruel, Sarrión, Barracas y Sagunto, estaban entre las seleccionadas a priori. Mas, sería sobre la marcha cuando, según el discurrir del camino, decidiríamos el lugar idóneo para pasar la noche.

Fue una experiencia realmente positiva y gratificante. Por esta razón, quería compartir acá la ruta que seguimos por si, en algún momento, alguien se anima a realizarla. Lo haré en tres entradas diferentes, cada una de ellas con su mapa, el perfil según los datos tomados por mi GPS, algunas fotos y el enlace para descargar el track correspondiente. De esta manera, les será más fácil planear esta salida, ya que podrán hacerse una mejor idea de cómo es el recorrido, tanto en sus desniveles como de su itinerario, evitando que se pierdan o, al menos, que den alguna vuelta innecesaria.




Perfil de la travesía

miércoles, 29 de agosto de 2007

Travesía: Gabardito - Lizara - Gabardito. Segunda etapa

Desayunamos temprano, a las 7:15. Durante éste, se nos unen el señor de nuestra habitación y la linda francesa ciclista de la noche anterior. Para nuestro gusto y panza, es escaso, pero es lo que hay, así que poco podemos hacer. Partimos y pronto, y aunque voy a ritmo lento, me alejo de Bea y Josepo. En seguida, cojo al hombre de nuestra habitación y hablo un ratillo con él, aunque también quedará detrás. Al llegar a un punto, decido ponerme la crema de protección solar y dejarla en medio del camino, junto con una nota, para Josepo y Bea. Es en este momento que el hombrecillo de la habitación vuelve a pasar a mi lado. Mientras me extiendo la crema y escribo la nota veo a Josepo a lo lejos, así que le espero: “Quillo, que me voy a ni ritmo. Nos vemos en el Collado de Secús”…

En este punto, aprovecho y me pongo la cremita


El hombre está lejos, pero al llegar a un refugio le alcanzo. Miro un poco más adelante y están los dos quillos del día anterior, así que apresuro la marcha y les saludo. Camino unos metros con ellos. Por desgracia ellos van hacia Estanés para dar un rodeo hasta llegar a Gabardito, así que no podré marchar con ellos. Sigo mi camino en soledad, así que decido que será bueno reconstruir los mojones que se han caído en esa noche de lluvias y tormentas. A pesar de ello, mi ritmo es rapidillo y llego al pie del Secús bastante pronto.

Sarrios posando


Allá, decido esperar al hombrecillo-compañero-de-habitación. Iniciamos juntos el ascenso, pero no aguanta mi ritmo… ¡Jolines! En un pis-pas llego al pico. Al ratillo, el quillo. Será él quien nos haga una foto a Luchito y a mí en el Puntal de Secús. Nos damos la mano: “Encantado de conocerte. Que vaya muy bien”. Un nuevo ser conocido por el mundo…

Con Lucho en el Puntal de Secús. Foto realizada por el compañero de habitación y de ruta


Desciendo y espero sentado la llegada de mis compinches de travesía. Al rato aparecen, pero he de bajar a buscarles porque no entienden lo que les digo a grito pelado. Así que, de nuevo, para arriba, aunque en este caso sólo hasta el Collado.

Josepo en la nieve...


Llegamos e iniciamos la bajada. La marcha es lenta, muy lenta, y aún así les saco distancia. A esa velocidad el itinerario marcado no termina nunca. Un porrón de marmotas, y una que me da un susto de espanto. Mi corazón, por los aires ¡Buf! Casi muero del susto, carajo. Josepo se ríe, y los tres seguimos avanzando. Yo voy por delante, marcando el camino, hasta que ya se ve claro: un sendero bien definido se divisa a lo lejos. Ya no hay pérdida, pienso, así que es la hora de coger mi ritmo. “Josepo, me marcho a mi ritmo, que yendo tan lento me canso mucho”.

Acelero, y pronto me alejo. Sigo solito, a toda velocidad. Al fin, Gabardito. Me siento a la sombra y, al rato, llega uno de los dos quillos que se dirigían a Estanés. Seguidamente, el otro. Otra vez la envidia, jajaja… ¡cervecita fresca! Pues nada, a leer se ha dicho. Las letras van entrando en mi cabeza y el tiempo pasa deprisa. Por fin, una hora más tarde (casi), llegan Josepo y Bea. Dos coca-colas y un agua de litro y medio. Descanso a la sombra y después para Hecho. Son las 18.30, a esa hora comemos. Es una pena, Zaragoza ya no está tan lejos…

Gracias, Josepo y Bea, porque fuisteis una compañía cojonutta ¡Anda que no noslo pasamos bien ni na’!”

martes, 28 de agosto de 2007

Travesía: Gabardito - Lizara - Gabardito. Primera etapa

Como suele ser costumbre, el plan original no podía hacerse. La ascensión al Taillón quedaba relegada para otra ocasión puesto que el refugio de marras estaba ocupadísimo de la muerte. Así que, casualidades de la vida, un recorte de periódico tomado una noche que cené en la Birosta con Cuco y Belén, nos proporcionó un nuevo destino: Gabardito.

Hacía un poco más de año y medio que no pisaba esas tierras de Hecho. Fue el momento de descubrir que Puente de la Reina es el pueblo más feo del mundo mundial, de revelar que existía un pueblo llamado Jamiroquai (Javierregay), de comprender que, definitivamente, debía de dejar el trabajo en que me encontraba (y no por estar mal, sino porque no me dejaba tener la vida que yo quería). Y, este fin de semana, estaba yo otra vez por allá. Era un viaje muy distinto, un desplazamiento que nos llevaría de Gabardito a Lizara para llevar a cabo una travesía de dos días.
Bea, Josepo, Lucho y yo en el Refugio de Gabardito

La llegada fue tardía: casi las diez de la noche, mas dentro de una hora prudencial. La cena, rápida, precedía la temprana marcha a la cama. Había que madrugar: el desayuno era a las siete, y el inicio de la primera etapa tenía que ser a primeras horas de la mañana.

Amanecía nublado. El cielo enseguida dejó caer unas gotas que, afortunadamente, no nos llevaron al desánimo (al menos a mí). Desayunados y preparados, comenzamos una marcha que pronto tuvimos que detener, pues la lluvia empezaba a mojar nuestro cuerpo y nuestras ilusiones: el ascenso al Bisaurín empezaba a desvanecerse de nuestro pensamiento. Chubasqueros, ponchos, fundas para la mochila… guarnecían de la lluvia a nuestras vestimentas y, sobre todo, al material que llevábamos. Afortunadamente, el Sol volvió a brillar por detrás de las nubes y la lluvia no volvió a hacer acto de presencia.
Ascendiendo hacia el Collado de lo Foratón. ¡Esa Bea!

La caminata era lenta. Bea no estaba en sus mejores momentos y le flaqueaban las fuerzas. El miedo a las vacas la atenazaba y el cansancio empezaba a apoderarse poco a poco de ella. Así, los tres íbamos dirección al Bisaurín, primer objetivo de nuestra etapa. A la hora y media, parada técnica. Aquí, tras los sobaos y el trago de agua, decido que seguiré a mi ritmo, así que cojo el turbo y comienzo a ascender rápido hacia el Collado de lo Foratón. Enseguida llego, así que he de atacar solo la subida al Pico. La pendiente es pronunciada, pero estoy con fuerzas. A mitad, cojo a dos quillos, y uno de ellos se une a mi ritmo. Hablamos mientras subimos y, juntos, llegamos al pico. Allí firmo en el “libro de visitas” y, al rato, llega su amigo. Seguidamente, una quillita que inició el ascenso a la vez que yo, y me hago las fotos con Lucho. Espero y espero… y éstos que no llegan. Aparece una pareja. Les pregunto: - “¿Habéis pasado a una pareja?”. – “No”, responden al unísono. ¡Merde! Así que decido empezar a bajar.

Luchito y yo en el Pico del Bisaurín. Hacía fresquete allá arriba...

A mitad de descenso… ¡Josepo!: - “Sube conmigo, si no te importa, otra vez”. – “Venga, te acompaño”. Y subo por segunda vez el Bisaurín.

El Castiello d'Acher desde el Bisaurín. Los colores son bonitos del carajo

Allá, dos quillos. Hablamos con ellos, nos dan una oliva (se me antojó, que le vamos a hacer), y hablamos del placer de beber una cerveza bien fría al llegar al destino. Bueno, me estoy congelando. Vamos para abajo. Reincorporamos a Bea y llegamos al Collado de nuevo. Descansito de rigor. Ya sólo queda llegar a Lizara. De nuevo cogeré mi ritmo: caminar rápido y corretear de vez en cuando. En un pis-pas llego al refugio. Al rato, los quillos de la aceituna. Los muy cabrones sacan sus cervezas. –“Cabrones, que me dais envidia”. –“Tómate una con nosotros”. –“No, que si no me tomaré otra con mis compinches e igual me caigo redondo”. Al rato, por fin, llegan Josepo y Bea. La cerveza es una buena recompensa a la caminata del día. Y, por todos los dioses del Universo, aseguro que estaba bien fría.

El refugio de Lizara es como un hotel en el que compartes la habitación con gente. Ducha en la habitación. Limpitos podemos descansar tranquilos ¡Eso es un lujo! Casualidades que dan alegrías: Voy a tender la toalla y, justo, al mirar por la ventana, veo a Pilara. -“Pilar, Pilar”. Chillo. Y bajo corriendo. Allí está, con Pedro. ¡Buah! ¡Que alegría! La ilusión es tremenda y le da más colorido al día. La cena, bien rica: sopa de letras y salchichas. Al rato, conocemos a una francesa que está de travesía transpirenaica con su velocípedo: esa quilla si que vale, carajo… Buenas noches. La habitación queda en silencio. Bea, Josepo, un señor y yo dormiremos mientras la lluvia golpea incesante el tejado que nos protege de las inclemencias del tiempo.

martes, 31 de julio de 2007

Travesía circular: Vuelta al macizo de Bachimala

Nuestra segunda gran aventura pirenáica de la temporada estival empezaba igual de temprano que la anterior: las 5.45 de la mañana en el Coso Bajo. Esta vez, el destino, como es obvio, era otro: “Busca algo por Gistaín” me había pedido Cuco. Dicho y hecho.

La primera parada fue en Ainsa, para comprar el pan y una empanada la mar de buena. Plan, San Juan de Plan… por fin llegamos a la pista que nos conduciría hasta el refugio de Biadós, donde dejamos el coche. Esto, suponía, según los horarios de la ficha, una hora más que añadir al tiempo establecido, lo que suponía un total de 8 horas si tener en cuenta los descansos. Glup, de pensarlo me cansaba y todo…

Entre pitos y flautas, empezamos a caminar a las diez y media pasadas, un poco tarde para iniciar nuestra primera etapa; pero, bueno, empezamos con ganas y el ritmo impuesto por Cuco es, como siempre, frenético. Adelantados unos/as cuantos/as “pipiolos/as”, nos acercamos poco a poco al Puerto de la Pez, que hace frontera con la France. Allá arriba hace frío, está nublado y corre el viento, así que apenas paramos para las fotos de rigor y reanudamos la marcha.

El frío hizo que me abrigase de esta manera... sin palabras (foto enviada por Cuco)

A partir de aquí, además, mi cámara de fotos (después de ir fallando durante el camino), deja de funcionar del todo: las cortinillas del objetivo no se abren ¡vaya chasta! Nada, habrá que hacer las fotos con el móvil de Cuco…

La cámara está rota: no se abre el objetivo

Al final del descenso paramos. Ya es hora de comer y descansar un poco. Una hora para el bocata y la relajación de músculos nos viene de pelas. Del hola paso al bonjour, ya estamos en terreno de gabachos/as. Pasado Pont du Prat, es increíble, está lleno de senderistas, y todos/as saludan amablemente. El camino es más suave, aunque un último ascenso convierte mis gemelos en trillizos; pero, sabemos que queda poco y eso da alas. Tras preguntar a un hombrecillo, y en cuanto comenzamos a descender, ya sabemos que el refugio no queda muy lejos (unos 30 minutos), así que miramos el reloj y nos percatamos de que vamos a fulminar el cronómetro: 7 horas justas (contando dentro la hora para comer), y estamos en la puerta del refugio.

Afortunadamente, hay alojamiento, mas carecemos de ducha. Bueno, habrá que asearse en el lavabo, que le vamos a hacer… La cena, en la habitación, y bien prontito a dormir, que hay que levantarse prontito. ¡Ah! Arreglo mi cámara con esparadrapo, solución cutre pero que durará toda la travesía y me permitirá hacer fotos.

En la habitación del Refugio de la Soula

Desayunamos a las 7 de la mañana. En el comedor un grupo (por la manera de hablar), de valencianos (creemos), y una quilla que me empuja: “Sorry” me dice. “No pasa nada, quilla” y río, jejejeje, “es que hablo muy bien en inglés”. Al irnos, me repite entre risas “sorry”. Es curioso que una chorrada así meta tan buen rollito. Salimos y, en lugar de ascender por las “lazadas”, lo hacemos a la brava, como siempre.

Lac de Caillauas

Pasamos varios ibones hasta llegar al Lac Supérieur des Isclots. Hay que bañarse a esa altura (2560 metros), está claro. Primero va Cuco y… por las barbas de San Pancracio que el agua está congelada. Literalmente: Cuco se queda sin güevines. Sí, sí, sin güevines, desaparecidos totalmente. Así que yo sólo entro hasta las rodillas, pues no quiero vivir ese tormento helador. Tras el descansito de rigor, decidimos proseguir el camino.

Cuco en el Lac Supérieur. El agua está congelada, fría del carajo...

Con el calor y la caminata, Cuco recupera sus desaparecidas partes: ¡otra cosica es! Nos encontramos al grupo de valencianos/as y, de nuevo, la quillita me saluda con un “sorry”, lo que me saca una sonrisa. El camino me parece curioso, pasando por dentro de una caseta, por vías estrechas de tren, cerca de la estación alta de un teleférico… Me entran ganas de llegar, pues no hemos comido y mis tripas ya se quejan. Pero, bueno, sabemos que queda poco y que nuestra cabaña está cerca. Una vez en el Lac de Pouchergues, apenas nos queda un cuarto de hora hasta la cabaña Prat de Caseneuve. De nuevo, y a pesar del descanso en el Lac Supérieur des Isclots y de pararnos a hablar con una pareja en el Lac de Caillauas, cumplimos con el tiempo establecido.

De ese día no pasa, yo me bañaré en el río. Comemos y nos echamos una mini siesta. Nada más despertar, bajamos y aparece un grupo de gabachos/as de unos cincuenta años que también dormirán en la cabaña. Vamos al río y me baño en cholinguillas con un poco de gel para asearme bien. La tarde será para descansar y, tras la cena, iremos a leer un ratito y, seguidamente, a dormir. Una chasta, porque Cuco y yo no dormimos muy bien. Además, por la noche, a no sé qué hora, entran en escena dos montañeros que llegan para dormir. Vamos que el descanso no ha sido todo lo bueno que queríamos…

El desayuno es imprescindible. El principio de la etapa es ascendente y hay que comenzar con fuerzas. Llegamos al punto crítico de la etapa: la subida a Puerto Biello o Aygues Tortes. Más o menos seguimos unos mojones hasta que los perdemos. Llegamos a un punto en que Cuco señala de tirar para arriba prácticamente escalando; mas yo, que soy más precavido, busco un camino alternativo. Lo encuentro y, afortunadamente, es el adecuado, pues llegamos al sendero que conduce al puerto haciendo “zetas” y por el cual deberíamos haber ascendido nosotros. ¡Qué desastre! Bueno, nos perdimos pero luego encontramos el sendero… Sólo supone más de media hora perdida dando vueltas y parándonos para encontrar un posible modo de subir hasta el puerto de Aygues Tortes.

Fotos de rigor para comenzar el descenso ya por tierras aragonesas. De Francia a España en un pis-pas, sin fronteras, sin señales que lo indiquen, sin más diferencia que un “hola” y un “bonjour”. ¡Me parece genial!

Puerto de Aygues Tortes con el Posets al fondo

Seguimos a buen ritmo hasta que, a la altura de la Cabaña de Añes Cruces, a Cuco se le “rompe” el talón. El dolor puede con él, no puede caminar bien. Sin embargo, puede correr, así que se lanza a ello.”Bueno, espérame en Biadós”. Veo como se aleja a la carrera. Hago un par de fotos, doy unos pasos… ¡qué carajo! Me pongo a correr yo también. Como podréis imaginar, es muy normal terminar una travesía corriendo, con las pesadas mochilas a cuestas, y el cansancio acumulado de días anteriores. Por ello, a pesar de perdernos, hacemos el recorrido en cuarenta y cinco minutos menos de lo establecido. Esta vez nos hemos pasado tres pueblos, quillos/as.

Comemos en Ainsa y nos desviamos a Arro, donde visitamos a los tíos de Cuco. Allá, nos duchamos y nos ponemos ropita limpia. ¡Buah! ¡Como nuevos!

El regreso a Zaragoza está entre la tristeza de dejar atrás los Pirineos, y la alegría y satisfacción de haber realizado una travesía sin apenas percances y con unas vistas maravillosas.