martes, 4 de febrero de 2014

Cita

"Cuando la propiedad se acumula en unas pocas manos, acaba por serles arrebatada [...] Cuando hay una mayoría de gente que tiene hambre y frío, tomará por la fuerza lo que necesita [...] El único resultado de la represión es el fortalecimiento y la unión de los reprimidos"

John Steinbeck, Las uvas de la ira.

Cuánta razón tenía el señor Steinbeck allá por el 39. Y yo me pregunto si la re-aparición de la caridad en estos últimos años (bancos de alimentos y/o ayudas económicas desde asociaciones caritativas) es una manera de "eliminar" la desesperación de no cubrir las necesidades básicas y, por lo tanto, de mantener la pasividad de la gente que lo está pasando realmente mal. Es decir, se "ayuda" a estas personas cubriendo (como una ilusión) sus necesidades, al tiempo que se contribuye a que no se produzca un cambio social ni económico.

lunes, 3 de febrero de 2014

La Razón de que esté allá...


El otro día, cuando me fui a comprar un par de cruasanes para desayunar, pase por la puerta de un centro de salud. Como era Domingo, estaba cerrado, pero me fijé en el espacio que queda entre la entrada propiamente dicha y la valla que protege el recinto. En este espacio, asombrado, vi dos paquetes del diario La Razón. Sí, de esos mismos que se dejan en las puertas de las papelerías antes de que éstas hayan abierto. Quedé perplejo y, rápidamente, me surgieron varias preguntas en mi cabeza.

Es conocido que La Razón no es un periódico muy imparcial que digamos. De hecho, es como si fuera el medio de comunicación de masas “oficial” encargado de expandir la ideología del Partido Popular por la geografía española. Obviamente, yo no voy a criticar esto, puesto que cada periódico tiene su ideología y su manera de exponer los sucesos. Sí que es criticable, por otra parte, la execrable manipulación de las imágenes y de la narración para perder cualquier ápice de objetividad (siempre dentro de la subjetividad de quien lo cuenta), en la explicación de los acontecimientos. O, incluso, que nunca se critiquen ciertas medidas tomadas, puesto que bien es sabido por la ciudadanía, la perfección no existe y, en política.

Pero, volvamos a las numerosas dudas que invadieron mi cabezota. Estos son algunos de los interrogantes que me acompañaron hasta la panadería y, seguidamente, el regreso a casa:

¿Qué hacían en ese lugar dos paquetes de ejemplares de La Razón?

¿Cómo habían llegado allá? Acá, barajaba tres opciones:
Esos paquetes los deja allá todas las mañanas el repartidor de prensa;
Los ha dejado, sólo esa mañana, un repartidor de prensa cansado de trabajar durante esa jornada;
Un grupo de personas que ha estado de marcha (por ejemplo), los han cogido de la puerta de una papelería, se los han llevado y han terminado poniéndolos en el interior del recinto.

Buscaba, entonces, posibles respuestas a los interrogantes anteriores:
Si los deja allá un repartidor todas las mañanas es, o bien porque hay una suscripción con La Razón, o bien porque La Razón ha tomado esa decisión voluntariamente con el interés de expandir el número de lectores;
No tiene mucho sentido que los haya dejado un repartidor, puesto que el establecimiento perjudicado por quedarse sin la prensa de ese día avisaría a la empresa correspondiente y ésta se enteraría de la mala praxis del repartidor;
Si los ha cogido un grupo de personas, no tiene mucho sentido que deje los paquetes intactos y, además, los introduzca en el recinto del Centro de Salud en lugar de dejarlos en cualquier lugar.

Y, partiendo de los puntos anteriores, más cuestiones:
Si los deja voluntariamente La Razón, considero un poco ruin utilizar este medio para difundir sus ideas; Pero, si hay una suscripción… ¿Dé dónde parte? ¿Del Gobierno de Aragón? ¿Del propio Centro de Salud? Y si es por parte del Gobierno de Aragón, ¿Lo reciben también el resto de centros de salud? Mas, si es el propio centro de salud ¿Quién ha tomado esa decisión? ¿Está destinado al personal médico, a la ciudadanía, a ambos?
De todas maneras, en cualquiera de estos dos casos: ¿no sería censurable que se utilice el dinero de la ciudadanía para difundir una ideología determinada entre el personal y/o pacientes que acuden al Centro de Salud?

Llegué a casa con este torbellino de ideas en la mente. Seguramente, más; pero, no me acuerdo. Mas, sobre todo, con la sensación de incertidumbre que provoca no tener ninguna explicación. ¡Ojalá alguien leyese esto! Y me dijese: Mira esto que has escrito te lo aclaro yo: “Viste esos paquetes porque…”

Sería genial. ¡Bah! Cuánto se lo agradecería… Así, por lo menos, me quedaría todo aclarado.

miércoles, 15 de enero de 2014

Un carro "bañista"


El otro día, cuando marché a nadar, me encontré en el vestuario de la piscina municipal este carro con unos zapatos encima. Supuse que sería de algún bañista que se estaría cambiando; mas, nadie más había allá.

Sin duda, me pareció una estampa de lo más curiosa: Un carro solitario en medio de un vestuario. Esta es la razón por la que tomé la instantánea.

martes, 3 de diciembre de 2013

Casa de la Estación – Sagunto (Daroca - Sagunto por la Vía Verde, Parte 3 de 3)


Casa de la Estación de Mora de Rubielos (Albentosa) - Sagunto

Amanecimos temprano, aunque no tanto como los dos días anteriores. Desayunamos copiosamente y, como era de esperar, se nos alargó en demasía la salida hacia Sagunto. Es lo que tiene estar a gusto conversando… Carlos nos preparó unos bocadillos y nos aseguró que, si le daba tiempo a dejar todo preparado, nos cogería de camino a Sagunto. Así que, nos despedimos de Chucky, Teo y Ginna y comenzamos a pedalear.


Imagen extraída de Vía Verde Ojos Negros

El recorrido comenzaba en un falso llano que discurre ascendente hasta la Estación de Barracas para, a continuación, tras el Llano de Barracas (una recta llanísima), alcanzar la cota máxima en el Puerto del Ragudo (25 kilómetros aproximadamente), en las cercanías de la Casilla del Militar. Es en este punto donde comienza un frenético y divertido descenso hasta un poquito más allá de la Estación de Jérica (unos 50 kilómetros). Pero antes de llegar allá, y después de dejar atrás la Estación abandonada de Bejís-Torás, nos encontramos con el Mirador del Ragudo, sitio donde aprovechamos para reponer energías mientras, conversamos con Carlos para saber dónde estaba (descendería por otro camino y ya nos cogería), y disfrutamos de las vistas que ofrece: las Sierras Calderona (al fondo) y la de Espadán (a la izquierda), el llano de Viver y, en pequeñito, la Iglesia y Castillo de Jérica.

Mirador del Ragudo

Será en la localidad de Jérica donde paramos a comprar un poco de pan y, ya de paso, unas ensaimadas rellenas de chocolate para el postre de la comida. Fue, al comenzar un pequeño ascenso donde Marti notó las primeras molestias en su rodilla que, poco a poco, se fueron acentuando más, hasta el punto de convertirse en un molestísimo dolor. De nuevo, y ya que dejábamos de descender para llanear durante unos kilómetros, llegaba la duda de plantearnos alargar un día más nuestra travesía.


A los 60 kilómetros, llegamos a Altura, sitio elegido para comer. Nos sentamos en la plaza y, al comenzar a desenvolver los bocadillos, apareció Carlos. ¡Por fin nos alcanzaba! Desde ese momento, se nos uniría, en un principio, hasta Sagunto. Dependería de nuestra velocidad, puesto que él tenía que coger el tren de las 18:00 horas. La verdad es que no íbamos nada mal de tiempo… Un ibuprofeno y un “vendaje” casero en la rodilla de Marti para sujetar los ligamentos, a base de cinta aislante verde, nos daban la esperanza de que apaciguase el dolor y llegásemos hasta nuestro destino final.


Afortunadamente, tocaba volver a descender y la rodilla de Marti no presentaba tanto problema. Sin embargo, nuestro ritmo no era lo suficientemente rápido para asegurar la llegada de Carlos a la estación de Sagunto a la hora esperada. Así que, poco antes de Alfara de la Baronia, decidió adelantarse y esperarnos allá con unas cervecitas en la terracita del bar.

Final de la Vía Verde en Torres Torres

Llegamos al final de la Vía Verde en la Estación de Torres-Torres (kilómetro 82 aproximadamente) y, a partir de acá, el trayecto se volvió complejo de seguir. A pesar de estar señalizado (no muy bien, por cierto), no sigue para nada la antigua vía del ferrocarril y comienza un sinfín de subidas y bajadas, circunvalaciones varias, e interminables rodeos, para ir sorteando la A-23. Un total de 18 kilómetros que se hacen infernales después de llevar todo el día encima de la bici y con ganas de llegar. Por esta razón, mucha gente recomienda realizar estos kilómetros por la N-234a.

Estación de Sagunto

Alcanzamos nuestra meta justo a las 18:00 horas, el momento exacto en que veíamos como arrancaba el tren en el que Carlos regresaba a su casa rural. Tristes por no haber podido saborear el deseado refrigerio con su compañía, miramos hacia el tren y alzamos nuestras manos en señal de despedida por si la casualidad hacía que estuviera mirando por la ventana.

Entramos en la estación y compramos nuestros billetes y el plus por subir las bicicletas sin desmontar. En el tren, sólo se pueden subir tres bicicletas, así que es recomendable hacer la compra con antelación para asegurarse de no tener que desmontarlas e introducirlas en sus respectivas bolsas de viaje.
Sólo quedaba buscar alojamiento, teniendo en cuenta que la rodilla de marta seguía dando mal. La diosa de la Fortuna se puso de nuestra parte. Un hombre que estaba en la terraza nos dio una tarjeta del lugar donde se había alojado: Hostal Carlos, a tan solo 50 metros de donde nos encontrábamos. Fuimos allá y terminamos de convencernos. Las bicis quedarían a resguardo en su garaje, con lo que ya no tendríamos que preocuparnos ni por dónde iban a dormir ellas. Había sido una suerte.

Como suerte fue el tiempo que nos hizo. Al día siguiente, a la playa con chapuzón incluido. Mas, esa ya es otra historia, de deleite, disfrute, risas, diversión y relajo total…


Perfil de la etapa

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Santa Eulalia – Casa de la Estación de Mora de Rubielos (Daroca - Sagunto por la Vía Verde, Parte 2 de 3)


Santa Eulalia - Casa de la estación de Mora de Rubielos (Albentosa)

Amanecimos con las ruedas de nuevo desinfladas. Volvimos a revisar las cubiertas (aún quedaban pinchos) y cambiamos las cámaras. Era un pequeño percance que iba a retrasar nuestra hora de salida. La intención era salir pronto para poder detenernos en Teruel, hacernos ya con los billetes de tren de regreso y comprar más cámaras. Sólo nos quedaba una más sin estrenar y era un poco arriesgado en el caso de nuevos posibles pinchazos.

Dos kilómetros y medio hasta Santa Eulalia nos llevó a decidir no continuar recto hasta la estación de inicio de la Vía Verde (aproximadamente a otros dos kilómetros y medio), sino tomar la carretera Cella (TE-V-9029), hasta el punto en que queda a apenas un metro de la Vía Verde (unos 5 kilómetros desde Santa Eulalia). Allí, por fin, nos invadía la alegría de tomar la Vía Verde, aunque con la desgracia de tener, un día más, el viento en contra.

Estación de Cella

Nuestra primera parada para reponer un poquitico de fuerzas fue en la estación de Cella (15 km desde el inicio de nuestra etapa), sita a 3,5 kilómetros de la localidad. Unos minibocadillitos, barritas de cereales y fruta para tomar las energías suficientes para acercarnos hasta Teruel. Al llegar a la estación (32 km del punto de partida), desistimos de acercarnos a la ciudad. Los 6 kilómetros de ida y otros 6 de vuelta, más el tiempo comprando los billetes y las cámaras, nos llevaría cerca de dos horas, un tiempo que no nos podíamos permitir perder si queríamos avanzar lo suficiente para terminar la travesía en los tres días previstos.

Cercanías de Teruel

La parada para comer fue en Valdecebro, después de que fuese yo quien pinchara. Llevábamos ya 40 kilómetros, no había atisbo de ningún pueblo cercano y, además, ya no teníamos apenas agua. Este es uno de los puntos a tener en cuenta en esta etapa de la Vía Verde: la ausencia de fuentes en prácticamente todo su trayecto, ya que transcurre sin entrar en los pueblos. A esas horas y en un pueblo así de pequeño, no había nada abierto (ni el bar), ni sitio donde comprar pan. Así que nos tuvimos que apañar con bocadillitos ínfimos, bocabits que llevábamos encima y más barritas de cereales. Mal plan teníamos en ese momento. Eso sí, afortunadamente, un amable señor nos dejó un pozal con agua para poder reparar la cámara dañada, que era la única de recambio que nos quedaría hasta Sagunto.

Allí, decidimos buscar ya un sitio donde pernoctar. Sari hizo unas cuantas llamadas y, finalmente, tras hablar con Carlos, nos decidimos por la Casa de la Estación de Mora de Rubielos (lugar donde ya nos alojamos en Abril de este mismo año, cuando ascendimos Peñarroya), todavía a 40 kilómetros de donde estábamos y con un ascenso de 11 kilómetros todavía hasta la Estación del puerto de Escandón. La verdad es que no las teníamos todas con nosotros. Sin apenas haber comido, la hora que era y la amenaza de lluvia, eran condicionantes que no animaban mucho. Pero, teníamos tan cerca el poder llegar a Sagunto al día siguiente… Carlos, que estaba en Teruel en ese momento, se nos uniría en algún punto de la Vía Verde. De esta manera, nos acompañaría y nos abriría esa maravillosa casa de Turismo Rural donde todos y cada uno de los seres que allá habitan son encantadores.

Puerto Escandón

Continuamos el ascenso hasta Puerto Escandón sabiendo que, por fin, comenzaríamos a bajar y aceleraríamos la marcha. Aún nos quedaban 30 kilómetros, así que teníamos la esperanza de aligerar nuestro pedaleo para no llegar muy tarde a nuestro destino. Iniciamos el descenso y, en apenas media hora, ya habíamos recorrido los 10 kilómetros que nos separaban de nuestro punto de encuentro con Carlos: Habíamos quedado en la Fonda de la Estación de Puebla de Valverde. ¡Bien! La cosa prometía.

Desde ese momento, Carlos estableció el ritmo, lo que, sin duda, nos dio alas. En una hora y cinco minutos, recorrimos los 20 kilómetros restantes. Habíamos conseguido llegar antes de las 18:30 y apenas había llovido. Estábamos contentos, no sólo de haberlo conseguido, sino de poder alojarnos en tan extraordinario enclave. Enseguida, Chuky, Teo y Ginna (a la que no conocíamos), nos recibieron juguetones y Carlos nos ofreció unas deliciosas uvas que colgaban de la parra.

La Casa de la Estación

El deseado descanso, la duchita y a cenar. Doble ración de sopa de cocido y, de segundo, un plato que, sólo de pensarlo, ya entra solo: huevos trufados sobre una base de patata, morcilla y jamón. Seguidamente, y antes de ir a dormitar, la interesante conversación de la sobremesa que, como era de esperar, se alargó más de la cuenta. Ya, marchamos a las camitas, sabedores de que alojarnos allá había sido la mejor elección. La amabilidad de Carlos y Merche (que en esta ocasión no estaba), lo acogedor y lo familiar del lugar, la vitalidad de los perros (que no paran de juguetear), las deliciosas cenas, la tranquilidad del entorno... hacen de La Casa de la Estación un alojamiento difícil de olvidar.


Perfil de la etapa