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domingo, 3 de octubre de 2010

Sintra

Vista de Sintra

Agosto, día 16

Amanecemos pronto para poder ir a Sintra, esa villa que destaca, entre la mayoría de la gente, por su belleza. "Os encantará", nos repetían, una y otra vez, todas las personas que por allá habían estado.

Palacio Nacional

Al llegar, observamos el hermoso enclave en que se encuentra. Sita en los pies de una montañita coronada por su castillo, la vegetación rodea su casco antiguo. Mas, una vez que llegamos al centro, comenzamos a ver demasiadas pegas:

1) Los coches. Es demencial que no puedas caminar con tranquilidad por sus calles y alrededores. Hay lugares (muchos, por cierto), donde sólo hay calzada y ni rastro de aceras. Un pueblo considerado Patrimonio de la humanidad que dé preferencia a los coches en detrimento del peatón, dice mucho de dónde carajo está su interés.

Fuente hortera I

2) La cantidad ingente de personas. Agobia un poco que haya tantas personas por todos lados. Sí, es inevitable; pero cansa...

Fuente hortera II

3) Las fachadas y adornos horteras. Colores y acabados de mal gusto. Pequeños castillos de cuento a gran escala destrozan visualmente un conjunto que merece la pena recorrer. Lo malo es que lo hortera vence y es lo que se va quedando en la retina.

Hortera como una calavera...

Al finalizar la jornada, Sintra se convirtió en sinónimo de decepción. Y más si se tiene en cuenta que hay edificios realmente elegantes y bonitos muy deteriorados y dejados al abandono. Imagínense lo poco que nos gustó, que nos marchamos un par de horas antes de lo esperado.

Uno de los bonitos rincones de Sintra

sábado, 25 de septiembre de 2010

Lisboa

Recorrido en tren de Faro a Lisboa

Agosto, día 13:

La llegada a Lisboa fue terrible. Nuestra calle no aparecía en ningún plano, la Oficina de Turismo estaba cerrada y el calor se veía acentuado por el peso de nuestras mochilas. Menos mal que, preguntando, se llega a todos los lados, así que no tardamos en legar a nuestro destino.

¡Estamos perdidos! ¡Horror!

Hay una extraña costumbre entre la gente de Portugal que me parece realmente curiosa. Cuando preguntas por algún sitio, tal y como te lo indican, parece que va a estar en el quinto pino, por allá bien lejos... de manera que todo parece estar mucho más lejos:

- "Siempre de frente, siempre de frente..." Aunque apenas sean veinte metros.

Lo bueno es que, cuando pillas el tranquillo, no desespera tanto el legar a los lugares que buscas.

Vista desde la Praça do comércio. Miles de peces se amontonan en el muro y escuálidos perros se acercan a las orillas del río en busca de comida.

Agosto, día 14:

Es el día destinado a la Alfama.

Una de las entradas a la Alfama

Nos dejamos llevar y recorremos las calles de ese barrio que parece anclado en el pasado. Cuesta arriba, cuesta abajo, nos perdemos por sus bonitos rincones y disfrutamos de sus quiebros, de sus colores, de la tranquilidad que ofrece. Subimos, bajamos, y volvemos a subir. LLegamos al mirador y, allá, nos encontramos a Manu. Los tranvías pasan atestados de turistas que, como sardinas, miran con una mezcla de fascinación, por lo que divisan, y de deseo, por bajar y poder estirar sus cuerpos y sentir de nuevo su espacio vital. Sin duda, es hora de volver a nuestras callecitas.

Calle empinada, tranvía, Sol de justicia... ¡Lisboa en Verano!

Después de la comida, dirigimos nuestros pasos hacia el Castelo de São Jorge, sito en un barrio muy bonito pero abarrotado de gente. El agobio de ver tanta gente, el precio y la extensa fila, serán suficientes para decidir que marchamos hacia otros lugares. Lugares recorridos por callejuelas, por lavanderías que ya están cerradas, por interminables cuestas, por plazas verdes y extensos jardines, por exageradas indicaciones para llegar a nuestros destinos. Terminamos el día agotados. Había sido un día duro para nuestros pies y nuestras piernas.

Casa Fernando Pessoa

Agosto, día 15:
Iniciamos la jornada con un pequeño percance. En nuestra habitación hay una extraña maquinaria que permite hacer uso del lavabo. Ésta une lavabo y bidé y, en teoría (no sabemos por qué), hay que desenchufarla por las noches. Así que, mientras Marta se lava las manos para ponerse las lentillas, el agua comienza a salir a chorros de la maquina. ¡Inundación! ¡Inundación! Un charco comienza a extenderse por la habitación. Desenchufamos la máquina y marcho, sigiloso, al baño a por papel higiénico. Con éste y unos periódicos, conseguimos secarlo. ¡Madre! La que habíamos armado...

Camerino. En el interior del Museo del Teatro

Tomamos el metro y marchamos a las afueras de Lisboa. Allá se encuentra el Museo del Teatro, que no salía ni en nuestra guía. La verdad es que tampoco la utilizábamos para mucho y, cuando íbamos a echar mano de ella, apenas nos solucionaba nada. Pero, a lo que iba. Marchamos al Museo del Teatro y salimos encantados, pues es pequeñico y una auténtica cucadica. ¡Y la tienda! Lo de la tienda no tiene nombre... allí enloquecemos y nos llevamos de todo.

A Belem se llega en tren. Recorremos mínimamente el barrio y vamos hasta la famosa torre que Marta pintó cuando era pequeña. Esa es la razón de mayor peso para ir hasta ese enclave de la ciudad un poco más alejado. El jazz suena de fondo. El Sol cae con fuerza sobre nuestras cabezas y acentúa las sombras de la Torre de Belem. Es hora de volver a nuestros aposentos a descansar un poco.

La famosa Torre de Belem

Volvemos a terminar la jornada agotados. El Sol, las caminatas, el calor, nos dejan exhaustos. En estas condiciones, replantearnos el viaje a Sintra (no pueden, tal y como habíamos planeado, guardarnos las mochilas en la residencia), es menos apasionante. Pero, bueno, no nos dejamos vencer por las situaciones intempestivas y, enseguida, en nuestras mentes está solucionado. Tan sólo, habrá que madrugar más de lo esperado, así que nos echaremos a dormir pronto. Sintra nos espera; pero, eso será otro día.

Para refrescarse, después de una jornada pateando la ciudad, qué mejor que una Sagres...

domingo, 12 de septiembre de 2010

Faro

Vista de Faro

Faro fue uno de esos lugares mágicos de nuestro viaje. Iba a ser nuestro "campamento base" en el Algarve y de allá nos moveríamos a diferentes puntos. En Faro, tuvimos varios momentos que recordamos con alegría, nostalgia y emoción. Es extraño que a la gente no le suela gustar esta población. Sinceramente, no logramos entenderlo. Quizás es que nos conformamos con poco. Quizás es que descubrimos un Faro al que muchas personas no suelen llegar. Quizás la paz y tranquilidad de esos días nos produjo un estado de ensueño que nos hizo percibir todo con otros ojos. Pero, de lo que no hay duda es de que, algún día, hemos de volver.

Día 10 de Agosto

Nuestra primera emoción llegó al entrar en nuestra habitación en el Hostal Dandy, una auténtica cucadica. Era una pequeña estancia de aspecto muy tradicional, bastante sobria y con unas pequeñas lamparitas la mar de monas. Fuera, se situaba el baño (compartido) y una terracita comunitaria, lugar donde conoceríamos, más adelante, a un par de compinches (él de Canarias y ella de Francia), que viajaban juntos.

La habitación de El Dandy

Con la primera vuelta que dimos nos enamoramos de Faro y de "nuestra casita". El color blanco domina esta población, así como las casitas de dos o tres plantas. El Casco Histórico es precioso, con rincones que pueden atrapar a cualquiera. Estábamos en una ciudad tan bonita y una habitación tan acogedora... Pero, aún quedaba de lo mejorcito por llegar.

Esa misma noche, la de nuestra llegada, nos fuimos por ahí a cenar. Tuvimos la suerte de acabar en "la casa" de Nina. Esta mujer, que se encargaba de la cocina era un encanto. Sonriente, humilde, atenta, nos explica todo con esmero y se preocupaba por nuestro bienestar en "su casa", Sin duda, para nosotros, habíamos descubierto el mejor restaurante de Faro. Ya sabíamos, en ese mismito momento, que volveríamos a cenar otro día. Ya sabíamos y teníamos claro que le haríamos un pequeño regalo.

Día 11 de Agosto

Jornada en Albufeira, población que, para nosotros, fue una gran decepción. A pesar de pasar un día estupendo de relax en la praia, nos quedamos con la sensación de que es un poco como Benidorm, pero sin rascacielos. Muchos turistas y hoteles modernetes y grandes próximos a las cercanías de la praia y un sinfín de terrazas llenas de guiris tomando cervejas, tapitas y refrescos. Eso sí, estuvimos divinamente tomando el sol, bañándonos y caminando a orillas del mar. Una buena manera, sin duda, de recargar pilas.

Nuestro regreso a Faro viene marcado por la parada en la terraza de la Taberna Sta. Maria. Allá, encontramos a otro de esos seres que se hacen partícipes de nuestros días viajeros. Era una mujer la mar de pizpireta. Alegre, divertida, conversadora, mostraba un especial cariño con Marta. Yo estaba convencido de que, de permanecer un ratico más allá, la rapta y se la lleva como "nieta preferida".

"Soy tu poni robot, pequeño poni robot"

Día 12 de Agosto

Estación de Tavira

Viaje gratis para Marta en el comboio hasta Tavira. Es el día de la Juventude y, por lo tanto, no tiene que pagar.


Tavira es un sitio precioso, lleno de casitas blancas de tejados biselados. Allá compraremos las postales que regalaremos a las dos mujercicas que tan dulcemente nos habían atendido y tratado en Faro. Eran flores como soles sonrientes.

Vista de Tavira

Ya en Faro, diccionario en mano, nos envalentonamos y las escribimos en portugués. Seguramente, tendrían sus fallos; pero, quedamos satisfechos con el resultado después de hacer el esfuerzo. Marchamos a cenar al bar donde trabajaba Nina. Justo antes de despedirnos, le entregamos la postal, convirtiendo esa situación en un momento realmente emotivo. A medida que iba leyendo, Nina iba asimilando lo que leía y la ilusión iba creciendo. Tras darnos dos besos, mientras agitaba la mano, nos invitó a volver. Por supuesto, allá regresaremos.

Con la postal de la Flor sonriente

Después llegó el turno de marchar donde Maria para tomar una cerveja y hacerle entrega de su postal alegre. Sonrisa, agradecimientos y la promesa de volver al día siguiente, antes de partir para Lisboa, a tomar un cafelillo de despedida. Tras conocer y charlar también con su marido, se me antoja un parecido razonable: son como Lola Flores y El Pescaílla. Ella, más vivaracha y resuelta; él, igual o más agradable, pero permanece en un segundo plano.

Marta y yo sabíamos que nos iba a costar alejarnos de una estancia tan maravillosa.