Iba correteando con Luz. Hacía frío, viento, incluso algo de pereza en nuestras piernas. El recorrido, en este caso, era totalmente urbanita: el pleno Casco y un poquillo de la Almozara. Nos introdujimos en el parque. Un pequeño perro (pero, pequeño, pequeño), comenzó a ladrar y vino presuroso hacia nosotros. Luz quedó paralizada por el miedo.
- "Agarre al perro"
- "Chica, que no te va a hacer nada. Es pequeño y sólo quiere jugar..."
- "Pero, agárrelo por favor." El nerviosismo se empieza a apoderar de ella y su voz y gestos lo denotan.
- "Venga Luz, sigue corriendo." Grité yo desde la distancia.
- "Eso corre, a ver si te desestresas." De mala leche, irritada, coge al perro.
Seguimos corriendo después de este intenso suceso. Me extrañaron las malas maneras de la mujer quien, llevando a un perro suelto, tendría que entender que haya gente que le dé miedo, por muy pequeño que sea.
"El mundo, quillos/as, está fatal de los nervios"
- "Agarre al perro"
- "Chica, que no te va a hacer nada. Es pequeño y sólo quiere jugar..."
- "Pero, agárrelo por favor." El nerviosismo se empieza a apoderar de ella y su voz y gestos lo denotan.
- "Venga Luz, sigue corriendo." Grité yo desde la distancia.
- "Eso corre, a ver si te desestresas." De mala leche, irritada, coge al perro.
Seguimos corriendo después de este intenso suceso. Me extrañaron las malas maneras de la mujer quien, llevando a un perro suelto, tendría que entender que haya gente que le dé miedo, por muy pequeño que sea.
"El mundo, quillos/as, está fatal de los nervios"